Los celos son como un veneno en la vida, sobre todo en la vida de una persona insegura. Estos encuentran su origen en la envidia, esa incapacidad de disfrutar los triunfos y logros de nuestros hermanos y amigos, incluyendo a nuestros compañeros en el ministerio.

“No seamos orgullosos, ni provoquemos el enojo y la envidia de los demás por creernos mejores que ellos.” Gálatas 5:26 TLA

He tenido mis encuentros personales con este mal. Uno no se considera inseguro hasta que aparece alguien en la escena que tiene mejores habilidades en lo mismo que te gusta a hacer a ti. No nos alcanzamos a imaginar los sentimientos de inseguridad que se pueden despertar cuando vemos a alguien que se viste mejor, que tiene un mejor cuerpo, que tiene más dinero o que simplemente las cosas le salen mejor de lo que a nosotros.

Pero sí, sentimos celos. Constantemente tenemos el impulso de comparar nuestra vida con la de otros y más allá de sentimientos, lo que detonan son actitudes como por ejemplo, las críticas y las molestias (lo que indica que el corazón no está del todo bien) o quizás, tendríamos la posibilidad de disfrutar el éxito que otros consiguen, como si fueran propios, indicando con ello una profunda madurez y un corazón saludable.

Y es ahí donde me quiero detener: cuando convertimos nuestra vida, trabajo o ministerio en una competencia, terminamos frustrados, porque siempre habrá alguien más inteligente, más fuerte, que predica y enseña mejor que nosotros, que tendrá más carisma, que canta mejor o que tiene dones más llamativos que los nuestros. Lo que ocurre en nuestras vidas en estos casos es que nuestra inseguridad y los temores profundos que tenemos en el corazón, se manifiestan cuando ya no somos el centro de la atención. Ten cuidado… ¡Los celos pueden distraerte del plan de Dios para ti!

¿Existe alguna cura para esto?

Sí, debes aprender a disfrutar tus dones y llamado, aquello que te hace diferente, esas características que te diferencian de otros. Decirlo así puede sonar sencillo, pero lo será cuando de repente lo conviertas en una disciplina, en la que aprendes a elogiar los éxitos de otros a tu alrededor. Ante todo, no se puede perder la virtud de ser sincero y el gozo de Dios tomará su lugar en tu vida. Con esto quiero pedirte un gran favor: alégrate con el éxito y la promoción de otros, finalmente, todos somos parte de un plan maestro y además, de un mismo cuerpo que tiene diferentes funciones. Con el tiempo te percatarás que toda esa diversidad de habilidades es necesaria e importante para el desarrollo de nuestras vidas y del evangelio. ¡No te compares!

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