No sería exagerado decir que muchos ministerios, familias, amigos y relaciones se han dividido por culpa de la ofensa, un enemigo silencioso que vive entre nosotros y tiene varias consecuencias. Precisamente de su peligro es que quiero comenzar a escribir.

Para ser franco, en algunos casos, nuestras relaciones familiares, ministeriales y personales se vuelven tensas porque no sabemos cómo manejar la ofensa. Te has preguntado alguna vez, si somos tantos cristianos ¿por qué no trabajamos juntos? La respuesta se concentraría en la ofensa, pues difícilmente un cuerpo ofendido o enfermo podrá generar buenos resultados, así como tampoco la iglesia podrá mostrar articulación debido a este peligroso bicho. La ofensa es un virus que llena de amargura el corazón y una obra de Satanás para acabar con las relaciones entre hermanos.

“Un amigo ofendido es más difícil de recuperar que una ciudad fortificada. Las disputas separan a los amigos como un portón cerrado con rejas.” Proverbios 18:19 NTV

Aunque parezca obvio, no somos seres ermitaños o solitarios, sino que por el contrario, cada vez nos rodean más personas, lo que nos obliga a pensar cómo nos estamos relacionando con otros. Los seres humanos somos imperfectos por naturaleza, lo que nos habilita la posibilidad de fallar en muchas ocasiones, de arruinar las expectativas de otras personas en cuanto a nosotros. Esa circunstancia también valida que en alguna ocasión, otros nos queden mal.

No quiero entonces, justificar los errores que cometemos. ¡Ni más faltaba! Más bien, pretendo que identifiquemos que no importa cuánto amemos a una persona o cuánto nos amen, en algún momento harán o haremos algo que no te gustará y que te hará enojar.

Me pregunto entonces, ¿Cuál es la actitud con la que asumimos esos errores? Quizás ahí hay un gran lío, pues tenemos la maravillosa “habilidad” de hacer personal una situación pasajera y por lo tanto, terminamos ofendidos de por vida. En Proverbios 18:19 se dice que “…las disputas separan a los amigos…” ¿Ves lo mucho que nos causa la ofensa? ¡Piénsalo! Precisamente me gustaría que pensaras en varios puntos claves: ¿Cómo tratas a tu jefe cuanto te sientes ofendido? ¿Cómo es el trato a tu esposo cuando sientes que te ha herido? ¿Cómo ves a tu padre que te ha ofendido con algunas actitudes?

Me gustaría señalarte lo mucho que causa una disputa. Así como una granada, con tan pequeño tamaño, tiene tal poder destructor; de igual manera la ofensa puede ser una bomba que acumula un terrible poder contenido en un lugar tan pequeño como el corazón, que al explotar, éste acaba destruyendo con las relaciones que hay a su alrededor e hiriendo a todos. Si no aprendemos a manejar la ofensa, tarde o temprano la ofensa terminará manejándonos a nosotros. La ofensa es una piedra de tropiezo que nos hace lentos, amargados y nos daña internamente, además nos incita a pecar alimentando deseos de venganza. La ofensa es una trampa que sólo busca robar tu propósito y la armonía en tus relaciones.

No tomes las cosas de manera tan personal y drástica, recuerda que las personas van a fallar y que tu corazón debe estar preparado para seguir adelante. Para ello, es importante reconocer quién gobierna tu corazón. Precisamente el Espíritu Santo, que mora en ti, él te dará la paz y el gozo que necesitas para superar toda decepción o frustración.

También es cierto que podemos ser nosotros los que estamos ofendiendo, reconociendo que somos personas. Recuerda que parte de nuestro ADN como creyentes es la reconciliación. Para finalizar, quisiera citarte esta frase que me encantó: “Un amigo ofendido es más difícil de recuperar”… No vale la pena vivir ofendido, no vale la pena vivir sin paz, no caigas en la trampa y cuida tu corazón.

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