No estamos muy lejos de la realidad si hacemos un pequeño sondeo entre los jóvenes de una iglesia cristiana y les preguntamos a qué ocupación se quieren dedicar. Su respuesta se concentraría en uno de los cinco ministerios mencionados en la Biblia o en alguno de los ministerios de apoyo como la alabanza o la intercesión.

Para evitar herir cualquier susceptibilidad comienzo por mencionar que he servido para mi iglesia local en todos los ministerios posibles: ministré en la alabanza, di clases a los niños en el ministerio infantil, fui profesora de doctrina en la escuela de líderes, realicé evangelismo, enseñé en encuentros para nuevas personas, hice el aseo de mi iglesia en repetidas ocasiones, presenté algunos eventos, participé de largas jornadas de intercesión, entre decenas de acciones.

Debo admitir que el llamado es una gran herramienta para motivar a los jóvenes a tener un proyecto de vida estructurado y que dé fruto. Pero ¿Dónde están los deportistas, los pintores, los periodistas de los medios masivos, los ingenieros electrónicos y los científicos, por mencionar algunas ocupaciones?

Están sentados en una de las tantas sillas de nuestras iglesias, orando a Dios para que algún día el Señor los mande a predicar a las naciones o los convierta en grandes profetas que tienen una profunda revelación. Todos oran para que algún día Dios les ayude a realizar su producción musical cristiana o para poder montar una iglesia en su barrio.

En la urgencia por la evangelización de la tierra, los jóvenes cristianos se enfocaron en un llamado netamente eclesiástico. Abandonaron las aulas, olvidaron los libros y se perdieron entre actividades ministeriales. Con ello no estamos desprestigiando ni subvalorando al ministro, sino que estamos revelando la inclinación de la balanza hacia un solo lado.

Conversando con muchísimos jóvenes cristianos con los que tengo la oportunidad de tener contacto, se sienten profundamente asombrados de pensar que se puede hacer ministerio en una oficina o en un gremio profesional. A algunos les parece menos ungido que la actividad de un pastor o de un ministro dentro de la iglesia.

Pero tendría que ser justa y admitir mi gran lucha por encerrarme en una iglesia y evitar mi desarrollo profesional. Muchas veces juzgada, otras veces rechazada y muy pocas veces aplaudida, salí en busca de mi sueño profesional, de alcanzar a mis colegas comunicadores y de transmitir esperanza a mis compañeros de trabajo. Supe desde que estaba en la universidad, que en mis manos tengo el poder transformador de la palabra y que podría, sin lugar a dudas, motivar a muchos para que siguieran a Jesús, hablándoles de manera cercana a su línea de pensamiento.

Así nació mi travesía por instituciones del sector público, medios de comunicación y la historia seguirá por largos años. Yo soy esa generación que hace iglesia afuera de las cuatro paredes, dónde es más complejo sostener la santidad, donde las batallas son más fuertes y dónde mi oración por la gracia y el favor han sido constantes. No he perdido mi fe. No he soltado la mano de Dios, porque entonces no podría vivir. He sido fiel a mis principios y los he promovido, como un Daniel que propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del Rey.

Pero cuando miro a mí alrededor me encuentro con una durísima realidad: mis amigos de la iglesia temen ejercer sus profesiones, sienten que traicionan a Dios si lo hacen o simplemente, dicen tener el llamado de Dios a servir en el ministerio de tiempo completo. Esos jóvenes brillantes que podrían ser los médicos de esta sociedad o los arquitectos más influyentes, se inclinan por el llamado eclesiástico, dejando a un lado la posibilidad de ser las cabezas que sean punta de lanza en nuestras naciones. No se trata entonces de una competencia con los no cristianos por quienes tienen más galardones o reconocimientos, hablo más bien de alumbrar la oscuridad con nuestra presencia. Hablo de una iglesia vestida con traje de oficina, que promueva la verdad, que ore por los que están tristes y enfermos, que conviva entre ellos con los principios de

Dios innegociables y sólidos. Unos año atrás tuve la oportunidad de escuchar al doctor Alberto Mottesi, un reconocido pastor que ha sido influencia para varios políticos en Latinoamérica. Entre lágrimas, el doctor Mottesi suplicaba a las nuevas generaciones que fuéramos a hacer iglesia afuera de la iglesia, que corriéramos las maratones, que participáramos de los estudios científicos, que viajáramos a Marte, que escribiéramos los mejores libros de la literatura, que ocupáramos las presidencias de nuestros países.

Durante su discurso lloré con intensidad. Supe que ese llamado era el mío, que mi batalla por ser la iglesia vestida con traje de oficina no era en vano y que había alguien que entendía el grito de mi alma. Hoy por hoy sigo sirviendo a Dios en mi iglesia local, pero reconozco que no es el lugar donde paso el 80% de mi tiempo. Más bien pienso que la iglesia somos todos nosotros, extendidos a lo largo y ancho del territorio, amando a otros y compartiendo nuestra fe, siendo radicales en nuestra manera de vivir.

Esperaría que en unos años, no muy lejanos, mi odontólogo fuera cristiano y el premio de periodismo Ortega y Gasset se lo ganara un periodista –cristiano- por su buen ejercicio profesional. Espero prender la televisión y encontrarme con una producción hecha por algunos amigos de mi iglesia o que los actores del teatro le apostaran a una representación menos erótica y mucho más profunda en la manera de acercarse a Dios. Aún sigo creyendo en que hombres y mujeres de Dios recuperemos el poder en las urnas y legislemos en favor de la familia, de la salud y de los derechos humanos, con integridad y transparencia. Pero no significa entonces que deben desaparecer los ministros, los misioneros y los pastores. Simplemente que la balanza no se debe inclinar sobre un solo lado.

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