Se levantan, revisan su celular, lanzan un trino y actualizan su estado en Facebook. Luego se bañan y se van a sus actividades matutinas, escuchando música desde su cuenta en Grooveshark. Durante el día le toman una foto al cielo y la publican en Instagram y después hacen check-in a través de su cuenta en Foursquare para ganarse la alcaldía de alguno de sus lugares preferidos. Chatean un rato a través de WhatsApp, publican el atuendo que llevan puesto en su cartelera de Pinterest y más tarde ven unos cuántos videos nuevos en su canal de Youtube. Esto como para resumir sus principales actividades en la Red.

La nueva generación vive en un mundo completamente tecnológico. Les interesan los aplicativos de moda, los videojuegos, las nuevas redes sociales, las tendencias de Twitter y los memés más divertidos en Facebook. Tienen una capacidad de familiarizarse con este entorno, al punto que sus nuevos vínculos de amistad están entretejidos con emoticones en los que expresan su aprecio o desprecio por el otro. Además se molestan cuando uno de sus amigos los elimina de Facebook o por error, no son etiquetados en una fotografía. Viven atentos de cuánta actualización hacen sus contactos para enterarse de sus novedades.

Según la revista digital enter.co, “un estudio realizado por las organizaciones Joan Ganz Cooney Center y Sesame Workshop en los Estados Unidos, concluyó que un 80% de los niños menores de 5 años utiliza Internet por lo menos una vez a la semana”. Para el caso puntual de los hispanos y las negritudes, se estima que el 62% de los menores pertenecientes a estos grupos poblacionales tienen acceso a internet en casa.

Para aterrizar esta realidad en Latinoamérica, el estudio que adelantó la Universidad de Navarra, la Fundación Telefónica y la Organización Universitaria Interamericana, dentro del Foro Generaciones Interactivas denominado La generación interactiva en Iberoamérica, les permitió encontrarse con que el uso de la Red superó a la televisión y el teléfono móvil en las preferencias de los niños y adolescentes.

En este último estudio hay datos muy interesantes: de los más de 25.000 escolares que participaron de la muestra, se identificó que los niños y adolescentes entre los 6 y los 18 años se caracterizan por ser una generación que hace un uso intensivo de las nuevas tecnologías. El 95% de los pequeños (entre 6 y 9 años) y el 97% de los adolescentes (de 10 a 18 años) aseguran que en su casa hay un computador, mientras que antes de cumplir los 10 años, el 59% de ellos tiene o utiliza un teléfono móvil, y el 71% afirma tener conexión a Internet. (Extracción textual de la revista Enter.co)

¿Pero qué está pasando en la Red, más allá de su uso constante y creciente? Esa es una gran pregunta para los padres, educadores y para el mismo Estado en cada uno los países de Latinoamérica, ausentes y tímidos en esta nueva esfera de la comunicación.

Porque para ser más sensatos, lo preocupante de estas cifras no es lo poco que los jóvenes se miran a los ojos o lo extraño que es conversar con otro por chat y no a viva voz. Lo realmente alarmante son los contenidos que cada vez toman más fuerza en este entorno y su validación en el llamado mundo real.

Hasta la Red se trasladaron algunas problemáticas históricas de nuestra sociedad: los jóvenes se toman fotografías desnudos para sus fotos de perfil, exponen videos teniendo bailes complemente sexuales, practican el matoneo virtual a quienes no son sujetos de su aprecio, por mencionar algunas de sus acciones. Todo lo anterior, sin ningún tipo de regulación y con una creciente aceptación y validación entre ellos mismos.

Para el caso de la Iglesia cristiana, responsable de liderar a esta sociedad en el campo espiritual, sus acciones frente a la materia han sido tímidas, por no decir que nulas. Muchos líderes y pastores ni siquiera entienden la mitad de este artículo y tendrán que recurrir a Google para traducir algunas palabras. Otros satanizan la Red e invitan a sus jóvenes a la deserción para evitar cualquier ocasión de caer.

Tal y como ocurrió con la música años atrás, la iglesia se enfrenta nuevamente a una herramienta completamente útil, pero desconocida, a la que prefirieron abandonar envueltos en prejuicios y temores. Un siglo atrás, la iglesia cristiana se divorció de la música, el cine y diferentes manifestaciones artísticas, por encontrarlas inconvenientes para su santidad o por asociarlas como escenarios de pecado. En este sentido, la iglesia cristiana dejó de influir en lo que conocemos como los siete montes: comunicaciones, economía, gobierno, religión, educación, arte y familia.

Ese abandono de la iglesia a los siete montes implicó que estos escenarios se convirtieran en laboratorios para fabricar pecado, sin ningún tipo de influencia espiritual. No hay contracorriente, no hay luz, no hay sal para esa tierra. Los jóvenes están siendo cada vez más vulnerables a un mal uso de su tiempo libre, a aprender malas prácticas de vida, a convertirse en seres sedentarios, a dejar de vivir la emoción de la relación personal con los  otros y por supuesto, están abriendo sus mentes a todo lo que la Red les expone como válido y lícito.

¿Pero cómo nos involucramos en este mundo desconocido y diverso de manera asertiva? No hay que ir muy lejos, ni hacer muchos estudios al respecto, los mismos jóvenes tienen la respuesta. El éxito dentro de la comunicación en la Red implica constancia, creatividad y naturalidad. Lady Gaga, por ejemplo, tiene cerca de 37.5 millones de seguidores en su cuenta en Twitter y ha generado un aproximado de 2.600 trinos en los que saluda sus fans, les publica un video o expone una foto suya en la peluquería, entre otras cosas. Lo que ella diga, será influencia para esos 37.5 millones de “followers” y solo bastó unos segundos para publicar su idea en menos de 140 caracteres.

El camino de la iglesia, de los padres y de los educadores no está en la prohibición, sino en su utilización y en la compresión de lo que hay allí. ¿Qué tal una maratón de fotografías para Instagram registrando las creaciones más bellas de Dios? o ¿Qué tal si en medio de la reunión de jóvenes les pedimos que trinen determinado hastag para expresar #DamosGraciasPor?

Si bien reflejamos a Cristo y hablamos de él, no podemos invadir estos espacios con religiosidad y un lenguaje acartonado y lleno de tecnicismos espirituales. Debemos refrescar las maneras de comunicarnos con los jóvenes e invitarlos a que utilicen mejor estos espacios, como parte de sus nuevas formas de relacionamiento.

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