Por Marshall Segal

La felicidad hoy en día no está garantizada y las personas se rehúsan a presuponerla.

 

La verdadera felicidad —del tipo que realmente se afirma como ancla del alma, nos satisface, nos inspira y es duradera— no es algo que podamos dar por sentado. No es una expectativa fácil, predecible o razonable, ni siquiera cuando se acercan la libertad y el descanso del fin de semana. La felicidad puede costar un arduo trabajo. Si eres honesto, realmente no necesito convencerte de eso. Ya habrás vivido demasiados lunes, demasiados jueves e incluso demasiados viernes.

 

Las razones por las cuales la felicidad tan comúnmente nos elude son los obstáculos que hay en nuestros corazones: el pecado que aún permanece, aún engaña y aún se opone a lo que es mejor para nosotros. Se mete sigilosamente en nuestras vidas de formas creativas y destructivas, con mentiras mortales, algunas evidentes e intolerables, otras sutiles y convincentes.

 

El Salmo 130 expresa en palabras un patrón de convicción, arrepentimiento, espera y alabanza que purifica al pecador y glorifica al Salvador. Sirve de paradigma para la búsqueda de la felicidad en medio de las realidades diarias de la tentación, la debilidad, el desánimo y las fallas.

 

El llanto

 

Desde lo más profundo, oh SEÑOR, he clamado a ti. ¡Señor, oye mi voz! Estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas. SEÑOR, si tú tuvieras en cuenta las iniquidades, ¿quién, oh Señor, podría permanecer? (Salmos 130:1-3)

La culpa es un sentimiento horrible y adecuado para el corazón humano. Todos hemos experimentado la muerte (Efesios 2:1) y nos regodeábamos en las profundidades del pecado, la ira y la destrucción segura (Efesios 2:3). Todos en un principio estamos en esa posición delante de Dios: sin excepciones, sin excusas y sin esperanza. Pero Dios… Por medio de la gracia, hemos sido rescatados del infierno, restaurados por la fe y renovados en Cristo.

 

No obstante, aun después del milagro de la resurrección —nos dio vida juntamente con Cristo, y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús (Efesios 2:5–6)— somos llamados a luchar día a día contra lo que quede de nuestra vieja naturaleza. El dolor por nuestros pecados es algo bueno y piadoso, siempre y cuando nos lleve a desear más de Dios y más de Su semejanza en nosotros. Hay una clase de culpa —un llanto— que nos atrae a Dios, no nos aleja de Él; nos conduce por Sus caminos de restauración, no hacia el aislamiento. Todos estamos condenados por nuestros propios actos, pero la misericordia de Dios triunfa por sobre todo mal y nos lleva de regreso a casa, a Su presencia.

 

La bienvenida

 

Pero en ti hay perdón, para que seas temido. (Salmos 130:4)

 

Somos bienvenidos en casa gracias al perdón inagotable de un Padre que de lo contrario sería aterrador. Él es temible y aterrador. Es decir, eso sería si no halláramos refugio en Jesús. Si no conocemos Su infinita santidad, poder y justicia, nunca lloraremos y nunca conoceremos la plenitud y dulzura de su perdón.

 

El Dios perfecto que castiga toda injusticia pagó por completo nuestra deuda cuando inmoló a Su Hijo en la cruz (Isaías 53:10). Y este Dios —nuestro Dios— perdona para ser temido. En cierto modo, Dios obtiene más gloria, más fama y más admiración en el mundo cuando salva a los pecadores. No renunció a su renombre para rescatarnos: lo resaltó y lo llevó a su plena realización. Él perdona y salva para ser visto por todo lo que Él es.

 

“Dios no renunció a su renombre para rescatarnos. Él perdona y salva para ser visto por todo lo que Él es”.

 

La espera

 

Espero en el SEÑOR; en Él espera mi alma, y en su palabra tengo mi esperanza. Mi alma espera al Señor más que los centinelas a la mañana; sí, más que los centinelas a la mañana.(Salmos 130:5-6)

Cuando conocemos a un Dios como el nuestro —el Dios omnisciente, justo y perdonador— esperamos en Él. No hay otra manera de responder a un Dios de tan terrible ira y tan misericordiosa bienvenida. Si hemos visto y probado que Él es bueno, nos despertaremos queriendo más de Él, pidiendo más de Él, haciendo el espacio en nuestros días, planes y sueños para que Él venga a nuestro encuentro.

 

De este lado del cielo, siempre estamos esperando. Esperando obtener la sabiduría para tomar esa decisión tan difícil. Esperando la solución que necesitamos en esa relación. Esperando que Él corrija las cosas a nuestro alrededor. Esperando que Él responda los difíciles interrogantes de nuestros corazones. Esperando que Él nos complete y nos santifique. Esperando a que Él regenere el mundo y todo lo que hay en él. Esperando a que Él finalmente lleve a sus hijos e hijas de regreso a casa. Nunca dejaremos de esperar hasta el regreso de Jesús.

 

Sin embargo, más que ninguna otra cosa, estamos esperando por Él: por más y más de Él. En todos los demás tipos de espera, también estamos esperándolo a Él. Él es el poder que nos sustenta y el camino que nos guía y el significado culminante de todas nuestras vidas. Todo es en relación a Él. “Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas” (Romanos 11:36). Así que esperamos por Él y solo a Él.

 

La alabanza

 

Oh Israel, espera en el SEÑOR, porque en el SEÑOR hay misericordia, y en Él hay abundante redención; Él redimirá a Israel de todas sus iniquidades. (Salmos 130:7-8)

Mientras que de este lado del cielo siempre estamos esperando, Dios siempre está en movimiento. Siempre nos está dando razones para recordarlo, dar gracias y regocijarnos. Desde el momento en que creó la tierra, el sol y los mares, ha querido inspirar adoración. Y todo lo que Él hace es digno de alabanza: no por obligación y de mala gana, sino una alabanza espontánea y afectuosa, maravillada ante Dios. Todo lo que Él hace debería elevar nuestros corazones. Sus obras no siempre tienen ese efecto en nosotros, pero eso no es culpa suya. Todo acerca de Él es más bueno de lo que imaginamos, en especial la vida abundante que da a insurrectos infieles e indignos como tú y yo.

 

La esperanza que tenemos en Él no puede contenerse. No quedará atrapada en nuestros corazones ni en nuestros hogares, ni siquiera en nuestras reuniones de la iglesia. La esperanza es tan plena, tan real, tan cautivadora, tan transformadora, que corre dentro de nosotros frenéticamente buscando una manera de escapar, anhelando desesperadamente ser compartida con los demás: “Esperen en el Señor”.
La alabanza es la manera en que los redimidos respondemos al bien que tenemos en Dios. Es la invitación al mundo para que venga, compre y coma, sin dinero y sin precio. Es el sonido de la felicidad del alma en Él.

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