3 principios para alcanzar a aquellos en necesidad.

Por CRAIG GREENFIELD

 

Mis vecinos fueron desalojados ayer.

Volví a casa y me encontré con todas sus pertenencias – un par de sabanas sucias, una almohada rosa y ropa – apiladas en un charco afuera de la puerta principal de mi casa.

Anteriormente, ellos vivieron amontonados en uno de los pequeños cuartos sin ventana de nuestro corredor. Aparentemente nuestra administradora (una señora muy difícil y adulta, dueña de varias casas por esta zona) decidió que ya no podía mas con sus peleas de borrachos. Entonces, madre, padre y cuatro hijos (edades entre uno y 12) fueron echados a la calle.  Se fueron antes de que me pudiera dar cuenta.  Su desoladora existencia se volvió más desoladora.

Pero aquí está el dilema: No hay duda de que la incesante manera de tomar y pelear de la mamá contribuyó con la situación en la que ahora se encuentran. Ella era difícil de querer y aún más difícil de ayudar. Ella rechazó a sus hijos para poder sentarse a tomar y jugar cartas con los vecinos. Ella gritaba a sus hijas cuando se les olvidaba cocinar el arroz o lavar la ropa, mientras se sentaba a no hacer nada.

LA OBRA DE DIOS AL TRANSFORMAR VIDAS, SE TRATA MUCHO MAS DEL AMOR DE DIOS QUE DE SI LOS BENEFICIARIOS LA MERECEN O NO. NADIE SE LO MERECE. ES POR ESO QUE NECESITAMOS LA GRACIA DE DIOS.

Entonces ¿por qué debería ayudarla?

¿Alguna vez te has dado cuenta de que hay algo en nuestra naturaleza humana que busca encasillar a las personas como “los pobres que merecen” y “los pobres que no merecen”? Fácilmente marcamos como “in merecedores” a aquellos que viven en pobreza y que no parece que trabajan suficientemente duro, o aquellos que pueden ser alcohólicos o adictos. Cuando ponemos a los niños y a aquellos que marcamos como que simplemente están pasando por tiempos difíciles en la categoría de “merecedores” de nuestra compasión y ayuda. Pero preguntar si la gente es “merecedora” o “in merecedora” de ayuda no es la pregunta correcta. Y cuando preguntamos incorrectamente, siempre tendremos la respuesta incorrecta.

Lo interesante es que Jesús lidió con este problema. En su tiempo, la incapacidad y pobreza estaban vistos como un resultado del pecado. Muchos en el mundo aún creen que es de esta manera. Lo llaman Karma – La idea de que tus pecados en tus vidas pasadas impactan directamente esta vida. Pero Jesús rechazó este análisis. Cuando los discípulos se atravesaron con un hombre ciego, ellos querían que Jesús les dijera quién causó su condición. En cambio, Jesús escogió mostrar la más importante verdad:

—Ni él pecó, ni sus padres —respondió Jesús—, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida. (Juan 9:1-3).

Jesús dejó claro que la obra de Dios en transformar vidas se trata más del amor de Dios que de si los beneficiarios la merecen o no. Nadie se la merece. Es por eso que necesitamos la gracia de Dios. En Mateo 25, Jesús no categoriza a la gente basándose en si son “pecadores” ni los juzga por si ya han tenido múltiples oportunidades. Su obra fue simplemente para alcanzar a aquellos cuyas necesidades no habían sido alcanzadas y amarlos: “Tuve hambre. Tuve sed. Estuve desnudo. Estuve preso. Estuve enfermo”.

He aprendido a mantener estos tres principios en mente mientras me relaciono con aquellos que pueden ser vistos como “inmerecedores” en mi propia vida y ministerio. Y creo que te pueden ayudar a ti también:

  1. Extiende la misma Gracia quejas recibido.

“Haz a otros lo que quieras que te hagan a ti” es bellamente aplicable en esta situación. Después de todo, todos hemos pecado y nos hemos quedado cortos con los estándares de Dios para nuestras vidas. Si medimos cuanta gracia, perdón y amor merece cada uno de nosotros, tú y yo, nos quedaríamos cortos.

No estoy sugiriendo que ignoremos el pecado o permitamos a alguien comportamientos destructivos. Soy apasionado de la transformación. Pero reconozco esto “Ahí, pero por la gracia de Dios voy yo “. Yo no sé de cuáles demonios esté buscando escapar mi vecina. Yo no sé qué traumas o abusos ha sufrido ella por las manos de otros. Yo no la conozco lo suficiente para juzgarla. Solo Dios sabe. Entonces mi rol es simplemente amarla, servirle, y orar por un cambio.

  1. Busca comprender, en lugar de juzgar.

Somos rápidos para etiquetar a aquellos que vemos como in merecedores, usando términos como “divas” y “flojos”. Y al hacer eso, los juzgamos como in merecedores de nuestro amor y esfuerzo. Yo no creo que esta actitud refleja el amor de Jesús. En lugar de eso, busca comprender en lo individual que le sucede a una persona que es desmoralizada, envuelta en comportamientos destructivos, o buscando suplir sus necesidades de formas no saludables.

SI MEDIMOS CUANTA GRACIA, PERDON Y AMOR MERECE CADA UNO DE NOSOTROS, TU Y YO, NOS QUEDARIAMOS CORTOS.

Segundo, busca entender las razones sistemáticas de pobreza y como la gente terminó siendo marginada y echada fuera del sistema (y por tanto desmoralizada y envuelta en hábitos destructivos). Para aquellos de nosotros que venimos de trasfondos privilegiados, busca entender tus privilegios, para que puedas entender mejor la pobreza. Reconoce que es mucho más fácil para alguien con recursos recibir ayuda con una adicción o esconder el problema. Este es un punto ciego para la mayoría de las personas de un trasfondo pudiente y educado, pero es absolutamente crucial que nos involucremos en esta manera de pensar, o terminaremos  haciendo más daño.

 

  1. Haz Las preguntas correctas

La pregunta no es si la persona “merece” o “no merece”. La pregunta correcta es “¿Cómo puedo hoy extender de la mejor manera el amor de Dios a esta persona?” o “¿Cuál sería la acción más amorosa y transformadora en la vida de esta persona?” Estas preguntas nos invitan a alejarnos del juicio y acercarnos a la transformación. Estas preguntas nos permiten responder con el tipo de gracia que Jesús nos ofreció primero a nosotros.

Una noche, un par de semanas atrás, escuché el sonido de un llanto afuera de mi casa. Prendí las luces y al abrir la puerta, encontré a mi vecina alcoholizada temblando en el suelo, gimiendo y llorando. Ella había tomado mucho y tenía un ojo morado. Tuvo otra discusión con su esposo y estaba lista para desahogarse y dormir afuera. Me arrodillé detrás de ella, tratando evitar la suciedad en que estaba recostada, y la escuche hablar acerca de sus problemas por un tiempo. Ella había tocado fondo y lo sabía. Pero no podía ver una salida. Mi llamado en ese momento y en cada interacción con ella, es simplemente extender amor, gracia y tratar de ayudarla a encontrar un mejor camino.

Yo sé que Jesús puede sanarla y liberarla. Yo sé que cuando Dios la ve, El ve a su hija amada que desesperadamente necesita amor, gracia, perdón y transformación. Quizá ella no sea lo que la mayoría de personas, incluyéndome, vemos como “merecedora”. Y precisamente eso, es lo que nos hace excelentes candidatos para la gracia.

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