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Cambios verdaderos requieren una comunidad

“Así como nuestro cuerpo tiene muchas partes y cada parte tiene una función específica, el cuerpo de Cristo también. Nosotros somos las diversas partes de un solo cuerpo y nos pertenecemos unos a otros.” Romanos 12:4-5 (NTV)

 

No harás todos los cambios que necesitas hacer, quieres hacer, desearías hacer, planeas hacer, o esperas hacer por tu propia cuenta. Si pudieras, lo harías, pero no puedes, ¡así que no lo harás!

 

La Biblia dice en Romanos 12:4-5 “Así como nuestro cuerpo tiene muchas partes y cada parte tiene una función específica, el cuerpo de Cristo también. Nosotros somos las diversas partes de un solo cuerpo y nos pertenecemos unos a otros.”  (NTV).

 

Dios diseño el universo de tal manera de que nos necesitamos unos a otros. Yo te necesito, y tú me necesitas. La frase “unos a otros” es usada 58 veces en el nuevo testamento: Amarnos unos a otros, cuidaros unos a otros, animarnos unos a otros, soportarnos unos a otros, orar unos por otros, saludarnos unos a otros, compartir unos con otros. Dios nunca quiso que fueras sólo por la vida. ¡Aún el llanero solitario tenía a Toro! No fuiste creado para ir sólo por la vida. Sin importar tu estatus marital, eso no es relevante. Necesitas una familia espiritual, y necesitas estar en una congregación.

 

Necesitas personas a tu alrededor, y ellos te necesitan. Nos pertenecemos mutuamente.

 

Hay muchos libros de auto ayuda que te dirán las cosas correctas que debes hacer, pero no te proveerán las dos cosas que la Biblia dice que debes de tener: El poder de Dios y la comunión. Eso es lo que realmente necesitas para cambiar de verdad. El cambio necesita comunión.

 

En la iglesia existe una diversidad real, en edades, culturas, historia e idiomas, pero lo que tenemos en común es nuestro amor por Dios. Eso nos une y nos permite ayudarnos unos a los otros.
Gálatas 3:28 dice, “Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús.” (NVI).

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5 Cosas que hacen los grandes líderes.

(Que la mayoría de la gente no hace)

Por AARON LOY

 

Hay una razón por la cual los grandes líderes están donde están.

Como pastor de una iglesia joven, interactúo mucho con jóvenes, muchos de los cuales sueñan con hacer algo significativo con sus vidas. Para citar al difunto Steve Jobs, desean dejar una huella en el universo. Quieren que su vida importe. Me encanta pasar tiempo con jóvenes que no están contentos con quedarse en el promedio y anhelan hacer una diferencia. Eso dicho, hay algunas cosas de las que me he dado cuenta que son comunes en los jóvenes y que normalmente se interponen entre ellos y ver sus sueños realizados.

Así que aquí están algunos consejos que tengo para líderes jóvenes:

 

  • Aprende a seguir Primero

 

Los líderes quieren liderar, y eso no es siempre algo malo. Después de todo, el apóstol Pablo dijo que el que anhela obispado buena obra desea (1Timoteo 3:1). Pero Pablo también nos dio una gran imagen de cómo se debe ver el liderazgo: “Imítenme a mí, así como yo imito a Cristo “(1Corintios 11:1)

En otras palabras, los líderes Cristianos están primeramente en el negocio de seguir. Esto es muy importante que los líderes lo entiendan, porque su idea de liderar puede sonar muy tentadora. Aspirar al liderazgo puede jugar con nuestro orgullo, pero ser seguidores desarrolla en nosotros humildad.

APRENDER A SEGUIR ES UNA PARTE IMPORTANTE PARA VOLVERTE UN LIDER DIGNO DE SER SEGUIDO.

Por esta razón, es de vital importancia que los líderes jóvenes aprendan primero a seguir. Esto no significa solamente aprender cómo seguir a Jesús, pero también aprender cómo seguir a quienes Él ha puesto por encima de nosotros. Hasta que no puedas hacer eso con gozo, no estarás listo para liderar. Aprender a seguir es una parte importante de volverte un líder digno de ser seguido.

 

  • Encuentra un Mentor

 

Los grandes líderes nunca dejan de aprender. Muchos de los mejores continúan teniendo entrenadores y mentores mientras se sientan en los niveles más altos de liderazgo en su compañía u organización.

La verdad es, nunca es muy tarde o muy temprano para encontrar un mentor. Entonces encuentra uno (o tres) y empieza a hacer preguntas. Escucha bien lo que tienen que decir. Dales permiso de hablar duras verdades a tu vida. Y toma muy buenas notas. No solamente esto te va a permitir acercarte a su riqueza de conocimiento y experiencia, pero te ayudará a evitar tener que aprender lo que ellos han aprendido a la mala.

 

  • Termina lo que empiezas

 

Uno de los mejores consejos que me dieron como líder joven fue, “haz todo lo que puedas para terminar lo que empiezas”. Esa no era mi canción favorita en ese entonces, pero tomé el consejo y cambio mi vida.

Conozco muchos jóvenes apasionados que brincan de una cosa a la otra sin terminar muchas de las cosas que empiezan. Como mi mentor me señaló a mí en mis veintes, este es un problema de carácter. Es una señal de inmadurez y egoísmo si le damos completa prioridad a lo que queremos o sentimos ahora mismo. Esto rompe la confianza con otros al darse cuenta de que no cuentan con nosotros para continuar con lo que hemos dicho. Desarrolla un muy mal hábito que no nos será de ayuda cuando crezcamos más. Y no permite que se dé el desarrollo de carácter que ocurre en el trabajo arduo de perseverar (Romanos 5:3-4), una cualidad necesaria para cada líder.

Entonces, termina lo que empiezas. No importa cuánto quieras renunciar, no importa que tan difícil se vuelva todo, termina y termina bien.

 

  • Decidan quienes quieren ser y actúen de acuerdo a eso

 

Esto puede sonar obvio, pero es importante darse cuenta de que no van a despertar un día y ser quienes quieren ser. No simplemente se van a tropezar con su trabajo soñado. No van a tener éxito de la noche a la mañana (No existe tal cosa). No te vas a volver accidentalmente más sabio, más talentoso, más conectado, más fiel, más espiritual, más maduro, más disciplinado, más desarrollado, más exitoso, más _____________-

VAS A SER QUIEN DECIDAS SER, YA SEA ACTIVAMENTE O  PASIVAMENTE.

Vas a ser quien decidas ser, ya sea activamente o pasivamente. Tu persona, y como resultado, tu vida, será un reflejo de las decisiones que tomas con el tiempo. Entonces necesitas decidir ya quien quieres ser y que tipo de vida quieres vivir y empezar a practicar los hábitos que te llevaran allá hoy.

 

  • No esperes permiso

 

Conozco muchos jóvenes que planean hacer algo algún día, pero hacen muy poco para moverse en esa dirección ahora.

Aquí está la cosa: Puedes empezar a  hacer algunas de las cosas que quieres hacer algún día, hoy. Y hacerlo ahora es la mejor manera para saber si realmente quieres hacerlas algún día.

¿Quieres empezar un negocio? Asombroso. Empieza uno. Aun si falla en seis meses y no ganas ni un peso, habrás aprendido más tratando y fallando de lo que aprenderás sentado leyendo una revista de negocios por los próximos cinco años. Lo mismo va para todo lo demás. ¿Quieres entrar en el ministerio? Genial. Empieza a hacer ministerio hoy. Toma responsabilidad de invertir espiritualmente en aquellos en tus círculos de relaciones ahora. Luego pon atención a lo que pasa. Si ves fruto, esa es una buena señal. Si no, al menos obtuviste experiencia en el proceso con tu mentor antes de que invirtieras muchos años y dinero en una educación ministerial que quizá nunca uses.

El punto es que puedes empezar en donde estas ahora. No esperes a tener permiso.

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Cuando Dios interrumpe tus planes

Por Christina Fox

Hace poco estábamos de vacaciones con mi familia cuando Dios interrumpió mis planes. Habíamos viajado cientos de millas para quedarnos en un hotel en la playa. Había organizado pasar un día visitando amigos. Pero entonces, en medio de la noche, justo antes del día libre que había programado, uno de mis hijos despertó enfermo. Pasé todo el día siguiente encerrada, mirando a través de la ventana del hotel el largo trecho de playa que estaba apenas fuera de mi alcance.

 

Una vida interrumpida

 

Mi vida está llena de interrupciones, inconvenientes, frustraciones y eventos inesperados. Las cosas se rompen. Ocurren accidentes. El teléfono suena justo cuando entro en la cama. El tráfico me hace llegar tarde. Justo cuando no podemos gastar más, se descompone un electrodoméstico. Enfermedades inesperadas cambian los planes que organicé tan cuidadosamente. Podría seguir con una lista más y más larga. Probablemente ustedes también.

 

El problema es que, por lo general, no sé lidiar bien con estas interrupciones. Reacciono con frustración y rabia. Como una niña pequeña, quiero patear el piso y decir: “¡No es justo!”. Culpo a los demás por las molestias. Hasta celebro mis propias fiestas de autocompasión.

 

Aun cuando estas interrupciones son inesperadas y me toman por sorpresa, a Dios no lo toman por sorpresa. No son eventos fortuitos y sin sentido. De hecho, las interrupciones son puestas en mi camino por obra divina y por alguna razón. Dios las utiliza para hacer que me parezca más a Cristo.

 

El tráfico lento, un hijo enfermo o una reparación costosa no parecen ser instrumentos importantes en nuestra santificación, pero lo son. Por lo general no le damos importancia a estas interrupciones e inconvenientes y en su lugar esperamos que Dios trabaje en nuestra vida a través de circunstancias extraordinarias que marquen un antes y un después. Pero la realidad es que en la vida no ocurren con frecuencia esos grandes acontecimientos que nos hacen confiar en Dios y obedecerle de una manera más profunda. No seremos llamados a construir un arca o a llevar a un hijo único al Monte Moriah. Por el contrario, es en estas pequeñas frustraciones e interrupciones, en las cosas simples de la vida, donde se nos da la oportunidad de confiar en Dios, obedecerle y darle gloria.

 

Paul Tripp lo explica así:

 

Usted y yo no vivimos en una serie de momentos importantes y dramáticos. No vivimos pasando de una decisión importante a la otra. Todos vivimos en una serie infinita de momentos pequeños. El carácter de una vida no se define en diez grandes momentos. El carácter de una vida se forma en diez mil pequeños momentos de la vida diaria. Son las luchas que emergen de esos pequeños momentos las que revelan lo que realmente está sucediendo en nuestros corazones (Whiter Than Snow [Más blanco que la nieve], p. 21).

Las interrupciones de la gracia

 

Estos diez mil pequeños momentos son aquellos en los que los niños nos piden que juguemos un juego justo cuando estamos atareados con otra cosa. Son los momentos en los que estamos atrapados detrás de un autobús escolar cuando ya estamos llegando tarde a una cita, o cuando se nos desinfla una rueda del auto camino al trabajo. Son todos esos momentos del día en los que las cosas no salen como queremos, nuestros planes se ven frustrados y nuestra vida interrumpida.

 

Es en estos momentos en los que el zapato aprieta cuando nuestra fe es puesta a prueba y miramos hacia abajo para ver si estamos parados sobre la roca o la arena. ¿Creemos realmente que Dios tiene el control sobre todos los detalles de nuestra vida? ¿Creemos realmente que su gracia es suficiente para ayudarnos a sobrellevar el día? ¿Creemos realmente que el evangelio de Cristo tiene poder suficiente no solo para salvarnos eternamente, sino también para sostenernos y fortalecernos en medio de las interrupciones de la vida? ¿Creemos realmente que Cristo es suficiente para satisfacer todas las necesidades más profundas de nuestro corazón?

 

Estas interrupciones son actos de la gracia de Dios. Nos obligan a examinarnos a la luz de estas preguntas. Nos hacen enfrentar nuestros pecados. Son la manera en que Dios nos quita el velo de los ojos y nos hace ver que necesitamos el evangelio en todo momento del día. Son la luz que brilla en las cavidades más oscuras de nuestro corazón, revelando lo que está allí realmente: los pecados e ídolos que hemos arrinconado en una esquina, pensando que si no podemos verlos, no deben existir.

 

El recordatorio que necesitamos

 

Estas interrupciones nos recuerdan que no tenemos la vida resuelta y que no podemos hacerlo solos. Son como la vara del Pastor, que nos saca de nuestro camino errante y nos lleva de regreso hacia el Gran Pastor. Necesitamos estas interrupciones. Más que ninguna otra cosa, nos acercan a la cruz de Cristo, donde recordamos el evangelio y recibimos su gracia y perdón.

 

Es difícil ver que todos estos pequeños eventos e interrupciones frustrantes que ocurren en nuestro día han sido colocados por Dios como oportunidades para crecer en gracia, pero es así. Y verlos así nos ayuda a dejar de mirar hacia nosotros mismos y a poner nuestros ojos en Cristo, quien se preocupa más por nuestra transformación que por nuestra comodidad diaria. En lugar de darnos una vida fácil, la interrumpe con gracia y nos muestra qué es lo que más necesitamos: él mismo.
¿Y tú? ¿Tu vida está llena de interrupciones? ¿Ves la mano de Dios trabajando en ellas?

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Cuatro hábitos de un corazón feliz

Por Marshall Segal

La felicidad hoy en día no está garantizada y las personas se rehúsan a presuponerla.

 

La verdadera felicidad —del tipo que realmente se afirma como ancla del alma, nos satisface, nos inspira y es duradera— no es algo que podamos dar por sentado. No es una expectativa fácil, predecible o razonable, ni siquiera cuando se acercan la libertad y el descanso del fin de semana. La felicidad puede costar un arduo trabajo. Si eres honesto, realmente no necesito convencerte de eso. Ya habrás vivido demasiados lunes, demasiados jueves e incluso demasiados viernes.

 

Las razones por las cuales la felicidad tan comúnmente nos elude son los obstáculos que hay en nuestros corazones: el pecado que aún permanece, aún engaña y aún se opone a lo que es mejor para nosotros. Se mete sigilosamente en nuestras vidas de formas creativas y destructivas, con mentiras mortales, algunas evidentes e intolerables, otras sutiles y convincentes.

 

El Salmo 130 expresa en palabras un patrón de convicción, arrepentimiento, espera y alabanza que purifica al pecador y glorifica al Salvador. Sirve de paradigma para la búsqueda de la felicidad en medio de las realidades diarias de la tentación, la debilidad, el desánimo y las fallas.

 

El llanto

 

Desde lo más profundo, oh SEÑOR, he clamado a ti. ¡Señor, oye mi voz! Estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas. SEÑOR, si tú tuvieras en cuenta las iniquidades, ¿quién, oh Señor, podría permanecer? (Salmos 130:1-3)

La culpa es un sentimiento horrible y adecuado para el corazón humano. Todos hemos experimentado la muerte (Efesios 2:1) y nos regodeábamos en las profundidades del pecado, la ira y la destrucción segura (Efesios 2:3). Todos en un principio estamos en esa posición delante de Dios: sin excepciones, sin excusas y sin esperanza. Pero Dios… Por medio de la gracia, hemos sido rescatados del infierno, restaurados por la fe y renovados en Cristo.

 

No obstante, aun después del milagro de la resurrección —nos dio vida juntamente con Cristo, y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús (Efesios 2:5–6)— somos llamados a luchar día a día contra lo que quede de nuestra vieja naturaleza. El dolor por nuestros pecados es algo bueno y piadoso, siempre y cuando nos lleve a desear más de Dios y más de Su semejanza en nosotros. Hay una clase de culpa —un llanto— que nos atrae a Dios, no nos aleja de Él; nos conduce por Sus caminos de restauración, no hacia el aislamiento. Todos estamos condenados por nuestros propios actos, pero la misericordia de Dios triunfa por sobre todo mal y nos lleva de regreso a casa, a Su presencia.

 

La bienvenida

 

Pero en ti hay perdón, para que seas temido. (Salmos 130:4)

 

Somos bienvenidos en casa gracias al perdón inagotable de un Padre que de lo contrario sería aterrador. Él es temible y aterrador. Es decir, eso sería si no halláramos refugio en Jesús. Si no conocemos Su infinita santidad, poder y justicia, nunca lloraremos y nunca conoceremos la plenitud y dulzura de su perdón.

 

El Dios perfecto que castiga toda injusticia pagó por completo nuestra deuda cuando inmoló a Su Hijo en la cruz (Isaías 53:10). Y este Dios —nuestro Dios— perdona para ser temido. En cierto modo, Dios obtiene más gloria, más fama y más admiración en el mundo cuando salva a los pecadores. No renunció a su renombre para rescatarnos: lo resaltó y lo llevó a su plena realización. Él perdona y salva para ser visto por todo lo que Él es.

 

“Dios no renunció a su renombre para rescatarnos. Él perdona y salva para ser visto por todo lo que Él es”.

 

La espera

 

Espero en el SEÑOR; en Él espera mi alma, y en su palabra tengo mi esperanza. Mi alma espera al Señor más que los centinelas a la mañana; sí, más que los centinelas a la mañana.(Salmos 130:5-6)

Cuando conocemos a un Dios como el nuestro —el Dios omnisciente, justo y perdonador— esperamos en Él. No hay otra manera de responder a un Dios de tan terrible ira y tan misericordiosa bienvenida. Si hemos visto y probado que Él es bueno, nos despertaremos queriendo más de Él, pidiendo más de Él, haciendo el espacio en nuestros días, planes y sueños para que Él venga a nuestro encuentro.

 

De este lado del cielo, siempre estamos esperando. Esperando obtener la sabiduría para tomar esa decisión tan difícil. Esperando la solución que necesitamos en esa relación. Esperando que Él corrija las cosas a nuestro alrededor. Esperando que Él responda los difíciles interrogantes de nuestros corazones. Esperando que Él nos complete y nos santifique. Esperando a que Él regenere el mundo y todo lo que hay en él. Esperando a que Él finalmente lleve a sus hijos e hijas de regreso a casa. Nunca dejaremos de esperar hasta el regreso de Jesús.

 

Sin embargo, más que ninguna otra cosa, estamos esperando por Él: por más y más de Él. En todos los demás tipos de espera, también estamos esperándolo a Él. Él es el poder que nos sustenta y el camino que nos guía y el significado culminante de todas nuestras vidas. Todo es en relación a Él. “Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas” (Romanos 11:36). Así que esperamos por Él y solo a Él.

 

La alabanza

 

Oh Israel, espera en el SEÑOR, porque en el SEÑOR hay misericordia, y en Él hay abundante redención; Él redimirá a Israel de todas sus iniquidades. (Salmos 130:7-8)

Mientras que de este lado del cielo siempre estamos esperando, Dios siempre está en movimiento. Siempre nos está dando razones para recordarlo, dar gracias y regocijarnos. Desde el momento en que creó la tierra, el sol y los mares, ha querido inspirar adoración. Y todo lo que Él hace es digno de alabanza: no por obligación y de mala gana, sino una alabanza espontánea y afectuosa, maravillada ante Dios. Todo lo que Él hace debería elevar nuestros corazones. Sus obras no siempre tienen ese efecto en nosotros, pero eso no es culpa suya. Todo acerca de Él es más bueno de lo que imaginamos, en especial la vida abundante que da a insurrectos infieles e indignos como tú y yo.

 

La esperanza que tenemos en Él no puede contenerse. No quedará atrapada en nuestros corazones ni en nuestros hogares, ni siquiera en nuestras reuniones de la iglesia. La esperanza es tan plena, tan real, tan cautivadora, tan transformadora, que corre dentro de nosotros frenéticamente buscando una manera de escapar, anhelando desesperadamente ser compartida con los demás: “Esperen en el Señor”.
La alabanza es la manera en que los redimidos respondemos al bien que tenemos en Dios. Es la invitación al mundo para que venga, compre y coma, sin dinero y sin precio. Es el sonido de la felicidad del alma en Él.

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